Prostitutas en las calles prostitutas muy viejas

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La mayor tiene 84 años. Las habitantes de este santuario nos ofrecen sus testimonios. Hoy soy una luciérnaga". Da igual si ellos dejaron de ser hijos; nosotras no dejaremos nunca de ser madres e iremos a ayudarlos aunque no nos quieran", explica Marbella Aguilar, de 60 años. Ayer me llamó", dice con el tono bajo y esbozando una sonrisa. La Casa Xochiquetzal es un milagro en medio de un mundo cabrón que consume carne y almas.

El tiempo pasó y se fue conformando un extraño hogar que hoy acoge a 20 mujeres con edades comprendidas entre los 51 y los 84 años. En él, las habitaciones son compartidas, hay talleres de actividades, se imponen reglas para su buen funcionamiento y surgen, como en todo grupo, amistades y recelos: Es su responsabilidad limpiar cuartos y baños, que comparten, lo que a veces provoca fricciones.

Hay también una pequeña clínica donde algunas reciben oxígeno para sus mordidos pulmones, y una sala arriba en la que se imparten clases de todo: Se levanta, lee y todas, tras aplaudir, quieren también recitar sus textos.

En la sala donde desayunan, comen y cenan se esmeran en que al menos haya siempre tortitas. Luego a veces se lo echan en cara y hay problemas", dice la directora, que sabe que hay que equilibrar estómagos y almas. Lo primero llega a Xochiquetzal hambriento y lo segundo, roto: A veces las prostituían sus propias parejas. Han sufrido abusos y palizas desde niñas y para la mayoría su mayor dolor es el rechazo de sus hijos, que se avergüenzan de ellas.

Muchas han tenido adicciones y vivido en la calle", resume Jésica. Tome tranquila, que si toma esto se va a poner bonita, le decía doña Cristina. Ella miraba al rubio, miraba a la mujer, sentía caminar de un lado a otro al hombre que les había abierto la puerta y no sabía qué hacer: Un rato después, los dejaron solos y empezó a sentir cómo el gringo pegaba el cuerpo de él al cuerpo de ella, cómo intentaba sin éxito ser gracioso y cómo empezaba a acariciarla. Las caricias se fueron volviendo agresivas y el mareo se le volvió borrachera y, de pronto, ya no supo muy bien qué estaba pasando.

Despertó tres días después, todavía tenía rastros de sangre entre las piernas, le dolía el cuerpo y se sentía extraña, como si de pronto el alma no le cupiera en las carnes, como si la vida se le hubiera hecho ajena y ella hubiera dejado de pertenecerse a sí misma.

Usted ya no vale nada, le dijo una mujer que entró a llevarle comida al cuarto donde la habían encerrado. Miró a la mujer sin entender y ella le repitió la frase y, de pronto, entendió que algo muy malo le había ocurrido y se puso a llorar. La mujer se compadeció, le rogó que probara la comida, le acarició el cabello e intentó consolarla.

Terminó por contarle que estaba en Buenaventura, le dijo quién la había llevado hasta allí, le dio consejos y hasta le ofreció protección. Ella se serenó y cuando la mujer lo notó, volvió a cumplir con el deber y le explicó cómo eran las rutinas de aquel lugar y le dejó claro que a partir de ese día debía hacer con marineros venidos de todas partes del mundo lo mismo que ya había hecho con el gringo.

No pudo ni discutir. La tenían encerrada, la vendían como un objeto precioso y se aprovechaban de su condición para no darle ni un centavo del dinero que ganaban gracias a ella. Angelito, le decían con sorna las otras prostitutas, mientras ella intentaba armarse en la cabeza un mapa de la realidad en la que había caído.

Solo consiguió hacerlo cuando conoció a Miguel, un empleado de Avianca algo gordo y torpe pero de buen corazón que se enamoró de ella. Pero era casi imposible escapar, Ramón, el yerno de doña Cristina y dueño del burdel, y Ulises, el gay que hacía las veces de administrador, no dejaban de vigilarla ni siquiera cuando estaba dormida.

Con las pocas monedas que le daba Miguel compró un pasaje de bus. Salió de allí y, a pesar de los rodeos que dio para evitarlo, terminó por tropezar con Ramón.

El hombre la arrinconó contra uno de los buses estacionados en la calle y le puso el revolver en la frente. En lugar de asustarse, lo miró con odio, aprovechó las dudas que asomaron en los ojos de Ramón al verla tan furiosa, salió a correr y logró montarse en el bus que la debía sacar de allí.

El bus iba para Bucaramanga. Cuando le pasó la agitación de la huida, le contó al chofer la historia y a él, para ayudarla, solo se le ocurrió contactarla con otra casa de prostitución.

Es un trabajo, dice con la naturalidad que dan tantas décadas en las calles. Es como si necesitara buscar algo que no sabe bien qué es, o como si la inocencia que, después de sesenta años no termina de agotar, necesitara cada día nuevos aires para sobrevivir.

Ahora vive en Bucaramanga, la ciudad que finalmente la retuvo. Acompaña a los hijos y disfruta de los nietos y de algo de tranquilidad, pero confiesa que termina por aburrirse de no hacer nada, de no sentir el vértigo de la calle.

De aquella habitación sale en la mañanas hacia el centro. Una vez allí, se compone un poco y se para en la puerta de un deteriorado hotelito. Sesenta años hacen costumbre y aunque el oficio es muy competido no pierde la esperanza de que cada día sea mejor que el anterior. La otra noche fue a celebrar el cumpleaños de Claudia, una amiga del trabajo, a un viejo bar de Chapinero. No quería ir, pero Claudia la llamó y la convenció: Con las pocas monedas que tenía pagó el bus que la llevó a Chapinero y llegó al bar donde la esperaba Claudia.

Se saludaron, se abrazaron y se pusieron a tomar. Tomaron, se rieron, se contaron historias y hasta disfrutaron de la compañía de un par de amigos de Claudia que aparecieron por el lugar. Pero la noche se acabó, el licor se acabó y Claudia quedó dormida sobre la mesa. En ese mismo momento llegó la cuenta y los hombres se negaron a pagarla.

En lugar de asustarse, lo miró con odio, aprovechó las dudas que asomaron en los ojos de Ramón al verla tan furiosa, salió a correr y logró montarse en el bus que la debía sacar de allí.

El bus iba para Bucaramanga. Cuando le pasó la agitación de la huida, le contó al chofer la historia y a él, para ayudarla, solo se le ocurrió contactarla con otra casa de prostitución. Es un trabajo, dice con la naturalidad que dan tantas décadas en las calles. Es como si necesitara buscar algo que no sabe bien qué es, o como si la inocencia que, después de sesenta años no termina de agotar, necesitara cada día nuevos aires para sobrevivir.

Ahora vive en Bucaramanga, la ciudad que finalmente la retuvo. Acompaña a los hijos y disfruta de los nietos y de algo de tranquilidad, pero confiesa que termina por aburrirse de no hacer nada, de no sentir el vértigo de la calle.

De aquella habitación sale en la mañanas hacia el centro. Una vez allí, se compone un poco y se para en la puerta de un deteriorado hotelito. Sesenta años hacen costumbre y aunque el oficio es muy competido no pierde la esperanza de que cada día sea mejor que el anterior. La otra noche fue a celebrar el cumpleaños de Claudia, una amiga del trabajo, a un viejo bar de Chapinero. No quería ir, pero Claudia la llamó y la convenció: Con las pocas monedas que tenía pagó el bus que la llevó a Chapinero y llegó al bar donde la esperaba Claudia.

Se saludaron, se abrazaron y se pusieron a tomar. Tomaron, se rieron, se contaron historias y hasta disfrutaron de la compañía de un par de amigos de Claudia que aparecieron por el lugar. Pero la noche se acabó, el licor se acabó y Claudia quedó dormida sobre la mesa.

En ese mismo momento llegó la cuenta y los hombres se negaron a pagarla. Ella miró a Claudia, explicó que era una invitada y que no tenía dinero. Pero los hombres, desde los ojos enrojecidos por el alcohol la miraron con rabia, empezaron a gritarla, a exigirle que pusiera su parte.

Aguantó hasta que uno de ellos intentó golpearla. Así que se lanzó contra el agresor con fiereza y no solo logró defenderse, sino que logró herirlo. Como tantas otras noches llegó la Policía, llegaron las requisas, los gritos, los abusos. Pasó tres días ahí, un puente entero sin poder llamar a Zulma, sin comer ni beber nada. El dispositivo especial impide, por una noche, que el sexo de pago se apodere de la Rambla. And I have faced it. Let's discuss this question. Leave a Reply Cancel reply Your email address will not be published.

Al final fueron desalojadas y volvieron a la calle. Prostitutas viejas barcelona el raval prostitutas Veröffentlicht am. Por 'casa de yonkis' se refiere aun piso ocupado que funcionaba como narcosala clandestina. Las necesidades económicas son muchas. Diez pesos de donativo son importantes", dice Jésica.

Tras conocer el inusual proyecto, toca que sus protagonistas hablen. Hablan ellas de sí mismas. No hace falta añadir nada. En esta dirección web pueden dar donativos las personas que lo deseen: Iniciar sesión para participar. Bueno es saber que existe, al menos, un país donde la prostitución es legal. Y también que el tramo final de sus vidas no es tan tortuoso como lo fueron los anteriores. Me parecen demoledoras las historias y vidas durísimas.

En el patio central abierto de la Casa Xochiquetzal, las mujeres se sientan al sol.

Usted ya no vale nada, le dijo una mujer que entró a llevarle comida al cuarto donde la habían encerrado. Pero era casi imposible escapar, Ramón, el yerno de doña Cristina y dueño del burdel, actrices porno prostitutas prostitutas los alcazares Ulises, el gay que hacía las veces de administrador, no dejaban de vigilarla ni siquiera cuando estaba dormida. Acepto las políticas de uso y los acuerdos de confidencialidad de soho. Como tantas otras noches llegó la Policía, llegaron las requisas, los gritos, los abusos. Your email address will not be published.

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